LIEUX DE MÉMOIRE et D'HISTOIRE
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Artistas españoles en París

Desde finales del siglo XIX



Una historia del París artístico español moderno, debe comenzar forzosamente con una referencia a Montmartre, la aldea incorporada a la gran urbe. Ahí fijaron su residencia, en 1889, tres jóvenes pintores catalanes, Ramón Casas, Santiago Rusiñol y Miguel Utrillo. El libro de Rusiñol Desde el Molino (1894), reunión de crónicas publicadas con anterioridad en el diario barcelonés La Vanguardia, cuenta la instalación del trío en el Moulin de la Galette, 83 rue Lepic, su frecuentación de cabarets como Le Chat Noir, 84 boulevard Rochechouart, y su encuentro con el pianista Sadi, en realidad Érik Satie. Tanto Casas como Rusiñol retrataron al compositor, y evocaron el entorno montmartrés en algunas de sus obras más afortunadas.


Otro lugar de esa memoria española de finales del siglo XIX : el apartamento del 53 quai Bourbon, en la Île Saint-Louis, donde residieron juntos Ramón Casas y Santiago Rusiñol, y el vasco Ignacio Zuloaga, otro que nos legó una efigie satiesca. Sobre ese apartamento hay que leer las preciosas páginas que le dedica Rusiñol en otro libro, Impresiones de arte (1897).

En 1901 el poeta Fagus llegó a hablar, en un artículo publicado en La Revue Blanche, una de las principales tribunas del simbolismo, de una “invasión española”. Además de los citados, hay que referirse a Hermén Anglada Camarasa, Ricard Canals, Carles Casagemas, el ceramista Paco Durrio, Juan de Echevarría, Francisco Iturrino, Gustavo de Maeztu, Eliseu Meifrén, Xavier Nogués, Isidre Nonell, Ramón Pichot, Darío de Regoyos, Joaquim Sunyer, Daniel Vázquez Díaz… Si todos los demás se adscriben al post-impresionismo, al simbolismo y otros ismos de esos inicios de la modernidad, los dos últimos ya revelan contagios del cubismo y de la vanguardia.

Le Bateau Lavoir, place Ravignan (hoy Émile Goudeau), es un vestigio de la gran época de Montmartre. El modesto edificio debe su fama universal al hecho de que ahí vivió a comienzos del siglo XX, y en compañía de Fernande Olivier, Pablo Picasso, y de que ahí pintó, en 1907, Les demoiselles d’Avignon, el cuadro (hoy en el MoMA de Nueva York) con el cual se inaugura el siglo XX en pintura. Junto a Picasso, llegado a París por contagio de Casas y Rusiñol, cuyos Quatre Gats barceloneses (¡y tan montmartreses de inspiración !) había frecuentado con asiduidad, hay que hacer referencia a Juan Gris, primero dibujante satírico de revistas como L’Assiette au beurre, donde coincidió con Feliu Elias (“Apa”), con Xavier Gosé, o con Francisco Sancha. Otros miembros de la “bande à Picasso” fueron el escultor Manolo Hugué, más conocido como “Manolo”, a secas, y su colega Augusto Agero, sobre el cual seguimos sabiendo poco. El Montmartre español se completaría, ya en la década del veinte, con el pintoresco Pere Creixams.

Picasso tuvo por galerista principal a D.H. Kahnweiler, cuya sala estuvo 28 rue Vignon. Ciudadano alemán, al estallar la Primera Guerra Mundial vio confiscado su negocio. Kahnweiler también fue el galerista de Juan Gris, ya convertido en uno de los mejores cubistas. Los siguientes “marchands” de Picasso fueron los hermanos Léonce y Paul Rosenberg, con sala 21 rue La Boétie. El malagueño siempre siguió tratando a uno de sus primeros galeristas, Ambroise Vollard, ubicado 37 rue Laffitte, que editaría su suite de grabados más importante, conocida como Suite Vollard. Otro lugar importante en la historia de Picasso, fue el apartamento, 27 rue de Fleurus, de la escritora norteamericana Gertrude Stein, una de sus primeras coleccionistas, que en 1938 le dedicaría una monografía. 14 rue du Dragon, sigue abierto el local de Cahiers d’Art, la gran revista fundada en 1926 por el griego Christian Zervos, autor del Catálogo Razonado picassiano, la magna obra de ese establecimiento.

Un acontecimiento picassiano importante fueron, en 1917, sus decorados, figurines y telón para el ballet Parade, estrenado en el Théatre du Chatelet, en la plaza de mismo nombre, por los Ballets Russes, con libreto de Jean Cocteau, y música de Satie.

Frente a estos bohemios, están los pintores mundanos, todos ellos con un pie en la escenografía de teatro y de ballet, como José María Sert, muy conocido por sus murales, y por haber estado casado con Misia Godebska, musa del París “nabi” y árbitro de la elegancia junto con su gran amiga Coco Chanel. De Sert es la decoración, estrenada en plena Ocupación alemana de Francia, de la capilla de nuestra Embajada, sita 15 Avenue George V. A un mundo similar pertenecieron Federico Beltrán Massés, y Néstor.

Montparnasse, el nuevo barrio artístico que terminaría sustituyendo a Montmartre, fue el territorio predilecto de los artistas españoles incorporados a París de mediados de los años diez en adelante. Entre sus cafés, alineados a lo largo del propio boulevard Montparnasse, hay que destacar La Closerie des Lilas, La Consigne –donde en 1930 Ramón Gómez de la Serna fue el centro de un remedo del Pombo madrileño-, La Coupole, Le Dôme, La Rotonde –donde permanece el recuerdo del Miguel de Unamuno del exilio-, Le Sélect… Entre sus academias, varias de ellas frecuentadas por los protagonistas de esta historia, la más conocida fue la de La Grande Chaumière, en la calle de mismo nombre, y de la cual fue profesor el catalán Claudio Castelucho, que antes lo había sido en la Colarossi. En Montparnasse y sus alrededores vivieron Picasso durante parte de la década del diez, María Blanchard, Pablo Gargallo –hoy su hija Pierrette sigue conservando viva su memoria en su casita de Issy-les-Moulineaux- o Julio González, aprendiz durante un tiempo en la Renault de Boulogne-Billancourt, donde se familiarizaría con la técnica de la soldadura, clave luego en su escultura. González terminaría optando por residir en la “banlieue”, concretamente en Arcueil, donde fallecería. Luego está la avalancha de nombres, otra invasión, llegados durante las décadas del diez, del veinte, y del treinta : César Abín, Ramón Acín, Mariano Andreu, Manuel Ángeles Ortiz, Francisco Bores, Manuel Cano de Castro, Fabián de Castro, Pancho Cossío, el escultor José de Creeft, Pere Daura, Francesc Domingo, Óscar Domínguez, Juan Esplandiú, Apel.les Fenosa, Luis Fernández, Pedro Flores, Eduardo García Benito –ilustrador que al igual que Enrique Ochoa o Carlos Sáenz de Tejada estuvo muy presente en las revistas-, Honorio García Condoy, Juan José Luis González Bernal, Ismael González de la Serna, Manuel Humbert, Celso Lagar, el ceramista Josep Llorens Artigas, Jacinto Latorre, Maruja Mallo, Alfonso de Olivares (también fue decorador “déco”, valga la redundancia), Benjamín Palencia, Ginés Parra, Joaquín Peinado, Gregorio Prieto, Pere Pruna, Joan Rebull, Enric C. Ricart, Jacinto Salvadó, Josep de Togores, Tono, José María Ucelay, Esteban Vicente… Nombres –no todos se quedaron : el paso de Maruja Mallo, por ejemplo, fue fugaz- a los cuales obviamente hay que sumar a Hernando Viñes, nacido en París en el seno de una familia catalana, en la cual destaca su tío, el pianista Ricardo Viñes… En las noches de Montparnasse, también frecuentadas por una brillante pléyade de latinoamericanos, brillaban personajes “hauts en couleur” como el bailarín y pintor vanguardista Vicente Escudero –que organizó unos bailes de disfraces españoles en el Bal Bullier, en la esquina del Boulevard Montparnasse con el Boulevard de l’Observatoire-, como el escultor Mateo Hernández –que terminaría viviendo en Meudon, y del cual hay un pequeño marabú en un montecillo del Jardin des Plantes, espacio amado por él, que tanto se inspiró en el mundo animal-, o como el cineasta Luis Buñuel.

En 1923 tuvo lugar, en la mansión, 43 avenue Henri Martin (desde 1945 ese tramo lleva el nombre de Georges Mandel), de la Princesse de Polignac, un estreno importante, el del Retablo de Maese Pedro, de Manuel de Falla, con decorados y figurines de Manuel Ángeles Ortiz, asistido por Hernando Viñes, autor de la portada del programa de mano, y con la colaboración de Hermegildo Lanz para las marionetas.

El citado Óscar Domínguez, pintor canario que fue miembro del grupo surrealista, o sus conmilitones los catalanes Esteban Francés y Remedios Varo, que pronto marcharían al Nuevo Mundo, no son tan conocidos como los dos grandes hermanos enemigos (hermanos espirituales, se entiende) catalanes, a los cuales no se ha hecho todavía alusión : Joan Miró, cuyo taller 43-45 rue Blomet, cerca de Montparnasse, anteriormente ocupado por Gargallo, y adyacente al de André Masson, fue uno de los primeros “hauts lieux” de la aventura iniciada por André Breton (por desgracia ya no existe ese laboratorio central que fue el apartamento de este 42 rue Fontaine, próximo a Pigalle), y Salvador Dalí. Ya retornado a España, el segundo, rebautizado “Avida Dollars” por el propio Breton tras su estrepitosa ruptura, tuvo su “pied-à-terre” en París nada menos que en el Hôtel Meurice, 228 rue de Rivoli, unas señas que les habrían gustado a José María Sert o a Beltrán Massés.

Un lugar clave : el último estudio de Picasso en París, ubicado junto al Sena, 7 rue des Grands-Augustins. En la misma calle se ubicaba un restaurant ya desaparecido, Le Catalan, frecuentado por el pintor, y por muchos de sus colegas y amigos, así como por Jean Cocteau, Georges Hugnet y otros escritores.

En 1937, la España republicana en lucha participó en la Exposición Universal de París, celebrada a orillas del Sena, en las proximidades del Trocadéro, con un pabellón que como todos los de aquella muestra, desaparecería. Sencillísima y bellísima obra de Josep Lluís Sert –sobrino del pintor antes mencionado- y Luis Lacasa, es recordado sobre todo por haber albergado, bajo la batuta del grafista comunista Josep Renau, el Guernica picassiano –pintado en el mencionado taller de la rue des Grands-Augustins-, y otras obras creadas para la circunstancia por Alberto (El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella), el norteamericano Alexander Calder (Fuente de Mercurio de Almadén), Julio González (Montserrat gritando), y Joan Miró (Campesino catalán con una hoz), además de rendirse homenaje a dos escultores fallecidos en la defensa de Madrid, Emiliano Barral y Francisco Pérez Mateo. Hoy en Barcelona existe una réplica del pabellón. Un lugar montparnassiano y “guerniquiano” ubicado 22 rue Delambre, es el taller del catalán Jaume Vidal –hoy sigue al frente su hijo-, que construyó el bastidor del cuadro, y que junto con su paisano –y hermano del pintor antes citado- y entonces empleador Antonio Castelucho (16 rue de la Grande-Chaumière), fue uno de los enmarcadores más importantes de Montparnasse.

Si algunos artistas, como el pintor e ilustrador Emilio Grau Sala, llegaron precisamente durante la guerra civil, otros se incorporaron a la École de Paris tras la derrota y el éxodo republicanos. Fue el caso de artistas ya citados por su presencia en un París anterior, como Manuel Ángeles Ortiz, Fenosa, Pedro Flores, Rebull o Sunyer, y de nuevos como Eleuterio Blasco, Antoni Clavé, Manuel Colmeiro, Francisco Galicia, Pierre García-Fons, José García Tella, Baltasar Lobo, Eduardo López Pisano, Martí Bas, Orlando Pelayo, Antonio Quirós, Manuel Viola –que durante la Segunda Guerra Mundial participó, al igual que su amigo Óscar Domínguez, en las actividades del grupo surrealista La Main à Plume, así como en la resistencia- o el “naïf” y anarquista Miguel Vivancos… (Años oscuros, en que por lo demás tanto Viola como Domínguez frecuentaban asiduamente al inquietante y controvertido César González-Ruano, escritor y periodista monárquico y franquista, y anterior inquilino del taller del segundo en el 23 rue Campagne Première –con vistas al Passage d’Enfer- justo al lado del café Les Quatre Sergents, donde se reunía el grupo. Fue ahí donde en la nochevieja de 1957 se suicidaría el canario).

En la primavera de 1944, en las postrimerías de la Ocupación alemana de Francia, tuvo lugar en el taller de Picasso, la primera representación de su obra teatral Le désir attrappé par la queue, inscrita en la tradición burlesca y rupturista de Alfred Jarry, y que tiene algo de grito contra el mundo tal como entonces se podía contemplar desde una ciudad sometida a la barbarie nazi. Entre los actores, Michel Leiris, Dora Maar, Raymond Queneau, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, entre otros. Como director, Albert Camus. De la música se encargaba Georges Hugnet. Sobre la chimenea, una fotografía de Max Jacob, en homenaje a la memoria de este poeta, que acababa de fallecer en el campo de Drancy.

Picasso, que durante la Ocupación había limitado sus desplazamientos al barrio –uno de los sitios que frecuentaba del mismo era el Café de Flore, 172 Boulevard Saint-Germain-, y a las orillas del Sena vecino, pronto iba a convertirse en uno de los iconos de la Liberación y de la inmediata posguerra. Expuso repetidamente en la galerie Louise Leiris, ubicada 47 rue Monceau, y dirigida por el fiel Kahnweiler. También se celebraron muestras del malagueño en la Maison de la Pensée Française, plataforma cultural del PCF, y que estaba 2 rue de l’Élysée –ahí tuvo lugar, en 1955, la colectiva de españoles en el exilio en homenaje a Antonio Machado, anunciada por un cartel picassiano a línea- y en el Grand Palais. Hoy existe, en un palacio del Marais, el Hôtel Salé, sito 2 rue de Thorigny, un museo nacional dedicado a la memoria del pintor.

Un lugar muy importante, sito casi “extra muros”, en el 7 E avenue Jourdan : el Collège d’Espagne de la Cité Universitaire, obra historicista de Modesto López Otero, nada que ver con la modernidad de otros pabellones como el de Holanda (Willem Marinus Dudok), el de Suiza (Le Corbusier) o el de Brasil (Lúcio Costa, en colaboración con el último de los nombrados). Planeado durante los últimos años de la Monarquía, e inaugurado por la República en vísperas de la guerra civil, sus primeros artistas en residencia fueron Federico Castellón, surrealista almeriense neoyorquinizado, y el ya aludido González Bernal, que fallecería en 1939. Durante la contienda el Colegio acogió, entre otros, a José Gutiérrez Solana, gran pintor y escritor de La España negra, que dejó un libro inédito –recientemente editado al fin- sobre la propia ciudad de París. Entre quienes se alojaron en el edificio ya en la posguerra, una época en que para todos ellos la capital francesa era una ventana a una modernidad con la cual les hubiera sido prácticamente imposible familiarizarse si no llegan a salir de España, hay que mencionar a Eduardo Chillida, Luis García Ochoa, Salvador Montesa, Lucio Muñoz, Pablo Palazuelo, August Puig, Juan Puig Manera, Albert Ràfols Casamada, Eusebio Sempere, Salvador Victoria... Y más recientemente, tras un largo paréntesis, y entre otros muchos : Paula Anta, Eduardo Barco, Raúl Belinchón, Sergio Belinchón, Roberto Campos, Rafael Fuster, Emilio Gañán, Javier Garcerá, Ferrán Gisbert, Elena Goñi, Ismael Iglesias, Carlos Irijalba, Laura Lío, Guillermo Martín Bermejo, Ángel Masip, Teresa Moro, Nico Munuera, Eduardo Nave, Juan Olivares, Eugenio Ortiz, María Luisa Pérez Pereda, Esther Pizarro, Alfonso Sicilia Sobrino, Nuria Vidal, Santiago Ydáñez…

Una aventura singular fue la del Equipo 57, colectivo constructivista fundado con motivo de una muestra en el café Rond-Point, en el 112 boulevard Montparnasse, café ya frecuentado tres lustros antes por González-Ruano, que lo cita en sus memorias. Al equipo pertenecieron Néstor Basterrechea, Juan Cuenca, Ángel Duarte, José Duarte, Agustín Ibarrola, y Juan Serrano. De su obra se ocupó luego Denise René, con la cual conectaron gracias a Richard Mortensen, y cuya galería, hoy dividida entre Saint-Germain y el Marais, estaba entonces sita en el 124 rue de la Boétie.

Entre las galerías donde durante la posguerra expusieron artistas españoles, merece destacarse la de Aimé Maeght, ubicada 13 rue de Téhéran, y que contó con Joan Miró, Eduardo Chillida, Pablo Palazuelo –de larga residencia en París-, y Antoni Tàpies : un cuarteto de primerísima. Hoy, en las mismas señas, Daniel Lelong, antiguo asociado de Maeght, sigue adelante, ocupándose de la herencia de Miró y Tàpies, y exponiendo a otros nombres nuevos : Ferrán García Sevilla, Jaume Plensa, Juan Uslé... Gracias a su casi homólogo Michel Tapié, asesor de Rodolphe Stadler, Tàpies había empezado 51 rue de Seine, en la galería, que ya no existe, y que estaba toda pintada de negro, del suizo, que por lo demás se ocuparía toda la vida de la obra del fundador del grupo informalista madrileño El Paso (1957-1960), Antonio Saura, que repartiría su vida entre París, Madrid y Cuenca, la capital de nuestro arte abstracto. Justo en el número siguiente, es decir, 53 rue de Seine, al fondo del patio, sigue abierta la Galerie Jeanne Bucher, que con el hoy nonagenario Jean-François Jaeger al frente defendió y sigue defendiendo la obra de otro miembro de nuestra generación del 50, Fermín Aguayo, uno de los fundadores del zaragozano Grupo Pórtico. No existen ya, en cambio, la Galerie Arnaud, que estaba 34 rue du Four, y que de 1955 en adelante contó entre sus artistas con Luis Feito, otro del grupo El Paso, y otro que durante años residió en París, ni, 46 rue de l’Université, la galería Clivages, del poeta Jean Pascal Léger, que defendió a Ràfols Casamada, al cual dedicaría una monografía. Ángel Alonso, Manuel Duque, Fernando Lerín, Francisco Nieva –más conocido como dramaturgo, y autor de unas excelentes memorias, muchas de cuyas páginas tratan de sus años en la capital francesa- o Joaquín Ramo, son otros abstractos españoles que trabajaron –y en el último caso, sigue trabajando- aquí.

Mencionemos también a Javier Vilató y J. Fin, sobrinos de Picasso. El primero ilustraría varios libros, entre ellos uno de García Lorca, para la exquisita editorial del poeta-impresor Guy Lévis-Mano, el legendario GLM, establecido en el patio del 6 rue Huyghens. Y a Xavier Valls, que pintó muchas veces el admirable paisaje urbano que se veía por las ventanas de su apartamento de los quais, frente a la Île Saint-Louis. Una de las galerías que se ocupó de su obra, la de Claude Bernard, sigue abierta 5 rue des Beaux-Arts. Y a Antoni Guansé. Y a Manolo Ruiz Pipó. Y a Eduardo Arroyo, gran nombre de la Figuration Narrative, que tuvo taller en la histórica Ruche, 2 Passage de Danzig –así se titula un cuadro suyo de 1993 en homenaje a Soutine-, que expone en la Galerie Louis Carré (10 Avenue de Messine), y hoy divide su tiempo entre su Madrid natal, el París de los “quais” él también, y la montaña leonesa. Más nombres : Pepe Agost, el fotógrafo Antonio Gálvez –hoy retornado a su Barcelona natal-, Joan Rabascall, el escultor José Subirá-Puig, Antoni Taulé, Jaume Xifra…

Durante la década del ochenta, nueva ola o invasión de artistas españoles a la conquista de París, ciudad que vio llegar a Miquel Barceló –hoy residente en el Marais, y con estudio en Ivry, es indudablemente el gran nombre de nuestro presente-, a José Manuel Broto –que trabajó en Montrouge-, a Miguel Ángel Campano –cuyo último estudio estuvo en Aubervilliers-, a Carlos Pazos y a José María Sicilia, entre otros. Barceló es el único que sigue en esta ciudad que ha acogido a gente más joven, como Chechu Álava, la fotógrafa Anna Malagrida, Alberto Reguera o el fotomontador Jorge Rodríguez de Rivera. La galería de más clara vocación hispánica de París es la de Lina Davidov, en el 210 boulevard Saint-Germain, donde han expuesto, entre otros, Manuel Ángeles Ortiz (abuelo de la galerista), Jean Anguera –nieto de Gargallo y como él escultor, recientemente ha ingresado en la Académie des Beaux-Arts-, Carmen Arrabal, Rafael Canogar, Ñaco Fabré, Robert Ferrer i Martorell, Carlos Franco, Josep Guinovart, Ángel Haro, Mompó, Leopoldo Nóvoa –gallego de París y antes de Montevideo-, Javier Pagola, María Luisa Pérez Pereda, Andrés Rábago… Otra galería importante, ubicada 7 rue de Thorigny, a la sombra del Musée Picasso, es la de Jacques y Thessa Herold, nacida ella en Málaga. Galería muy hispánica ella también, ya que ha programado, entre otros, a Carmen Calvo, a Martín Chirino, a la asturiana Kely, a Gerardo Rueda…

El Instituto Cervantes, que dirijo desde 2012, y que está 8 rue Quentin Bauchard, muy cerca de la Embajada, es otro lugar de la memoria artística española. Antigua Casa de España, acoge exposiciones en torno a algunos de nuestros artistas : Bores, Joan Brossa, Buñuel, Óscar Domínguez, Joan Fontcuberta, Ramón Gaya, el Ramón Gómez de la Serna dibujante, González Bernal, Luis Gordillo, Juan Gris –que será una de las primeras muestras de un 2014 en el cual también esperamos homenajear a José Guerrero-, Cristina Iglesias, Anna Malagrida, Antonio Muntadas, Marina Núñez, Carlos Pazos, Leopoldo Pomés, Antonio Saura y su hermano Carlos, Luis Seoane, y Manuel Vilariño, entre otros. A esto hay que sumar otras en torno a creadores latinoamericanos como los cubanos Jorge Camacho y Severo Sarduy, el argentino Julio Cortázar y su Rayuela, el uruguayo Ignacio Iturria, o los mexicanos Alfonso Reyes y Octavio Paz, el segundo de los cuales, para el cual París fue tan importante, da nombre a nuestra Biblioteca, ubicada 11 avenue Marceau, que atesora unos 60.000 volúmenes, y en cuya sala de lectura puede admirarse un retrato de Manuel de Falla por Ignacio Zuloaga… Y en nuestra web, puede consultarse el ambicioso proyecto u obra en marcha de las Rutas Cervantes, centradas en la huella que en París han dejado los españoles y latinoamericanos, y entre ellos los artistas plásticos. Rutas en cuyo concepto me he inspirado, como pueden comprobarlo sus usuarios, para redactar estas notas que ahora llegan a su fin.

Références

- Artículo redactado por Juan Manuel Bonet, Director del Instituto Cervantes de París, ©Juan Manuel Bonet.

- Foto © Wikicommons, fuente : http://articlesandtexticles.co.uk/imgs/0707/rusinol07x.jpg

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